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15 de Julio. La Familia Carismática: un mismo don, distintas vocaciones, una misión compartida

  • 15 jul
  • 4 min de lectura

Actualizado: 23 jul

En el cuarto día del XXVI Capítulo General, religiosas y laicos profundizaron juntos en el sentido de la Familia Carismática.


La ponencia de José María Pérez-Soba invitó a caminar desde la igual dignidad, la complementariedad y la corresponsabilidad.


Por la tarde, la oración y la escucha ayudaron a llevar la reflexión a la vida concreta de la Familia Janeriana.


Un mismo carisma, distintas vocaciones y un solo corazón para la misión


Primera jornada del XXVI Capítulo General: memoria, comunión y esperanza

Hoy ha comenzado en Los Molinos un camino que nos reúne y nos compromete como Familia Janeriana.

La jornada se inició con la Eucaristía de apertura, un momento de oración en el que pusimos este tiempo de escucha, discernimiento y misión en manos de Dios.

A continuación, la Madre Laura y el Consejo General compartieron las palabras de inicio, recogiendo con gratitud el camino vivido durante estos años e invitándonos a seguir construyendo una fraternidad abierta, sin fronteras, cercana a quienes más necesitan cuidado, hospitalidad y esperanza.

Sus palabras nos ayudaron a reconocernos como una verdadera familia carismática: religiosas y laicos, unidos en la diversidad, compartiendo el carisma de Ana María Janer y caminando como un solo corazón para la misión.

También nos animaron a elegir el camino de quienes edifican juntos: no desde la uniformidad, sino desde la comunión; no desde el control, sino desde la entrega; no desde el mantenimiento, sino desde el movimiento hacia la misión.

En este primer día, toda la Familia participó en la dinámica “Un solo corazón para la misión”, haciendo visible que este Capítulo no se vive solo dentro de una sala. Nos incluye a todos: a quienes están presentes, a quienes acompañan desde lejos, a cada comunidad y a cada persona con la que compartimos la vida y el servicio.

Por la tarde, religiosas y laicos vivimos un espacio de análisis contemplativo de la realidad, reconociendo con humildad y esperanza el paso de Dios por la vida de toda la Familia Janeriana.

A través de videos, testimonios y la presentación de la Memoria institucional 2022–2026, volvimos a mirar el camino recorrido, la entrega de tantas personas, la vitalidad de la misión y los frutos que han ido creciendo en nuestras comunidades y regiones.

Este momento fue transmitido en vivo, permitiendo que la Familia Janeriana, desde distintos lugares, pudiera contemplar lo vivido, dejarlo pasar por el corazón y compartir aportes, comentarios y resonancias.

Así, lo cercano y lo lejano se unieron en una misma comunión agradecida. Cada palabra compartida, cada recuerdo y cada emoción nos hicieron sentir que este Capítulo lo vivimos todos, como una sola familia.

También se presentó la memoria escrita, se delegó su revisión a una comisión y se recogieron las primeras aportaciones y sugerencias para continuar el discernimiento.

Ha sido una jornada para recordar, agradecer y reconocer que nada de lo vivido ha sido en vano. El Espíritu ha ido guiando nuestros pasos, sosteniendo los momentos difíciles y abriendo caminos nuevos.

Terminamos el día alrededor de la mesa y en la oración, con la sencillez de una familia que se sabe acompañada, bendecida y enviada.

Gracias por cada historia, cada rostro y cada gesto que forman parte de este camino.

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Disertación de Francesc Torralba "La hospitalidad en el contexto de la sinodalidad y como respuesta al mundo" 

Cuarto día del XXVI Capítulo General


La hospitalidad: abrir espacio al otro y dejarse transformar



Religiosas y laicos compartieron una nueva jornada de encuentro, oración y reflexión en torno a la Familia Carismática. El día permitió profundizar en la igual dignidad de todos los bautizados, en la complementariedad de las diversas vocaciones y en la llamada a vivir el carisma janeriano desde la comunión y la corresponsabilidad.

Una mañana para repensar la Familia Carismática

La reflexión central de la mañana estuvo a cargo del teólogo y profesor José María Pérez-Soba Díez del Corral, quien desarrolló la ponencia “La Familia Carismática”.

Desde el inicio, el ponente invitó a reconocer que vivimos un verdadero cambio de época. En una sociedad plural, marcada por múltiples opciones y búsquedas personales, el gran desafío no consiste únicamente en ofrecer respuestas o nuevas estrategias, sino en acompañar a cada persona para que pueda responder una pregunta profundamente vocacional:

«¿Para quién quiero ser?»

En este contexto, Pérez-Soba presentó dos modelos de comprensión de la Iglesia. Por un lado, el esquema piramidal tradicional, caracterizado por una estructura vertical y estática. Por otro, la imagen del Pueblo de Dios que camina, donde las distintas vocaciones avanzan juntas hacia una misma misión.

Esta perspectiva permite redescubrir que religiosas y laicos comparten la misma dignidad recibida en el Bautismo. Sus vocaciones son distintas, pero no desiguales; se complementan y se enriquecen mutuamente dentro de una misma familia espiritual.

Una de las expresiones que resonó con especial fuerza fue:

«Tu radicalidad no me recuerda que soy de segunda; tu radicalidad me recuerda mi propia radicalidad».

La vida consagrada no disminuye ni sustituye la vocación laical. Por el contrario, puede ayudar a cada laico y laica a reconocer la profundidad de su propia llamada y el compromiso que nace de ella.

El carisma: un regalo que debe circular

Durante la ponencia se profundizó también en el significado del carisma. La palabra procede de charis: gracia, don, regalo. No se trata simplemente de una devoción, un símbolo institucional o una forma de organizar determinadas obras.

El carisma es un don gratuito de Dios para el mundo, que integra tres dimensiones inseparables:

  • una espiritualidad que alimenta la vida;

  • una comunidad que permite compartirla;

  • una misión que la vuelve servicio concreto.

Ser parte de una Familia Carismática implica, por tanto, mucho más que colaborar en una institución. Supone reconocer una llamada, acogerla, discernirla y encarnarla en la propia vida.

En las obras y comunidades pueden convivir personas con diferentes grados de vinculación. Todas aportan y pueden contribuir a humanizar la realidad, pero la corresponsabilidad profunda en la transmisión del carisma requiere una verdadera vocación, sostenida por procesos de formación, acompañamiento y discernimiento.

Procesos que generan vida

Pérez-Soba insistió en que una vocación laical al carisma no puede improvisarse. Necesita tiempo, itinerarios serios y espacios donde sea posible escuchar, compartir la fe y descubrir la propia forma de pertenencia.

La Familia Carismática no puede reducirse a equipos de gestión o grupos constituidos únicamente para realizar una tarea. El desafío es tejer comunidades de vida, capaces de compartir la oración, la mesa, la fe, las preguntas y la misión.

Asimismo, se destacó que las estructuras deben nacer de la vida, y no al revés. Las formas jurídicas, asociativas o institucionales tienen sentido cuando acompañan una realidad carismática que ya está creciendo. No pueden crearse primero para luego intentar llenarlas de personas.

La Familia Carismática no es una estrategia de supervivencia ni una respuesta funcional ante la disminución de vocaciones religiosas. Es una expresión concreta de una Iglesia sinodal, donde religiosas y laicos comparten el carisma desde sus respectivas identidades y con la misma responsabilidad de hacerlo fecundo.



Una tarde de oración, escucha y discernimiento

Durante la tarde, religiosas y laicos continuaron profundizando en los contenidos de la ponencia mediante un espacio compartido de oración, meditación y escucha en el Espíritu.

El trabajo permitió dejar resonar las palabras recibidas durante la mañana y trasladarlas a la experiencia concreta de la Familia Janeriana. Fue un tiempo para preguntarse cómo se vive hoy la comunión entre las distintas vocaciones, qué pasos son necesarios para crecer en corresponsabilidad y de qué manera pueden generarse comunidades donde el carisma sea acogido, discernido y transmitido.

La reflexión invitó también a reconocer los dones presentes en cada persona y a descubrir que nadie puede vivir la misión aisladamente. La vida carismática crece cuando cada voz encuentra espacio, cuando las diferencias son acogidas como riqueza y cuando la escucha permite construir juntos.

La jornada concluyó con el deseo de seguir caminando como una familia en la que laicos y religiosas se reconocen mutuamente, comparten el don recibido y lo ponen al servicio de la Iglesia y del mundo.

El carisma no está llamado a permanecer detenido. Es un regalo que se recibe, se encarna y se transmite. Circula cuando se convierte en comunidad, servicio, testimonio y misión compartida.





Un mismo corazón para la misión

Este cuarto día del Capítulo dejó una invitación clara: pasar de la colaboración a la corresponsabilidad, de las estructuras cerradas a las comunidades vivas y de una comprensión piramidal de la Iglesia a la experiencia de un Pueblo de Dios que camina unido.

Religiosas y laicos continúan aprendiendo a reconocerse como parte de una misma Familia Carismática, donde cada vocación es valorada, cada don encuentra su lugar y todos son convocados a seguir haciendo vida el carisma janeriano.

Una misma dignidad, vocaciones diferentes y un solo corazón para la misión.

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