15 de Julio. La Familia Carismática: un mismo don, distintas vocaciones, una misión compartida
- 15 jul
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Actualizado: 23 jul
En el cuarto día del XXVI Capítulo General, religiosas y laicos profundizaron juntos en el sentido de la Familia Carismática.
La ponencia de José María Pérez-Soba invitó a caminar desde la igual dignidad, la complementariedad y la corresponsabilidad.
Por la tarde, la oración y la escucha ayudaron a llevar la reflexión a la vida concreta de la Familia Janeriana.
Un mismo carisma, distintas vocaciones y un solo corazón para la misión
Cuarto día del XXVI Capítulo General
La hospitalidad: abrir espacio al otro y dejarse transformar
Religiosas y laicos compartieron una nueva jornada de encuentro, oración y reflexión en torno a la Familia Carismática. El día permitió profundizar en la igual dignidad de todos los bautizados, en la complementariedad de las diversas vocaciones y en la llamada a vivir el carisma janeriano desde la comunión y la corresponsabilidad.
Una mañana para repensar la Familia Carismática
La reflexión central de la mañana estuvo a cargo del teólogo y profesor José María Pérez-Soba Díez del Corral, quien desarrolló la ponencia “La Familia Carismática”.
Desde el inicio, el ponente invitó a reconocer que vivimos un verdadero cambio de época. En una sociedad plural, marcada por múltiples opciones y búsquedas personales, el gran desafío no consiste únicamente en ofrecer respuestas o nuevas estrategias, sino en acompañar a cada persona para que pueda responder una pregunta profundamente vocacional:
«¿Para quién quiero ser?»
En este contexto, Pérez-Soba presentó dos modelos de comprensión de la Iglesia. Por un lado, el esquema piramidal tradicional, caracterizado por una estructura vertical y estática. Por otro, la imagen del Pueblo de Dios que camina, donde las distintas vocaciones avanzan juntas hacia una misma misión.
Esta perspectiva permite redescubrir que religiosas y laicos comparten la misma dignidad recibida en el Bautismo. Sus vocaciones son distintas, pero no desiguales; se complementan y se enriquecen mutuamente dentro de una misma familia espiritual.
Una de las expresiones que resonó con especial fuerza fue:
«Tu radicalidad no me recuerda que soy de segunda; tu radicalidad me recuerda mi propia radicalidad».
La vida consagrada no disminuye ni sustituye la vocación laical. Por el contrario, puede ayudar a cada laico y laica a reconocer la profundidad de su propia llamada y el compromiso que nace de ella.
El carisma: un regalo que debe circular
Durante la ponencia se profundizó también en el significado del carisma. La palabra procede de charis: gracia, don, regalo. No se trata simplemente de una devoción, un símbolo institucional o una forma de organizar determinadas obras.
El carisma es un don gratuito de Dios para el mundo, que integra tres dimensiones inseparables:
una espiritualidad que alimenta la vida;
una comunidad que permite compartirla;
una misión que la vuelve servicio concreto.
Ser parte de una Familia Carismática implica, por tanto, mucho más que colaborar en una institución. Supone reconocer una llamada, acogerla, discernirla y encarnarla en la propia vida.
En las obras y comunidades pueden convivir personas con diferentes grados de vinculación. Todas aportan y pueden contribuir a humanizar la realidad, pero la corresponsabilidad profunda en la transmisión del carisma requiere una verdadera vocación, sostenida por procesos de formación, acompañamiento y discernimiento.
Procesos que generan vida
Pérez-Soba insistió en que una vocación laical al carisma no puede improvisarse. Necesita tiempo, itinerarios serios y espacios donde sea posible escuchar, compartir la fe y descubrir la propia forma de pertenencia.
La Familia Carismática no puede reducirse a equipos de gestión o grupos constituidos únicamente para realizar una tarea. El desafío es tejer comunidades de vida, capaces de compartir la oración, la mesa, la fe, las preguntas y la misión.
Asimismo, se destacó que las estructuras deben nacer de la vida, y no al revés. Las formas jurídicas, asociativas o institucionales tienen sentido cuando acompañan una realidad carismática que ya está creciendo. No pueden crearse primero para luego intentar llenarlas de personas.
La Familia Carismática no es una estrategia de supervivencia ni una respuesta funcional ante la disminución de vocaciones religiosas. Es una expresión concreta de una Iglesia sinodal, donde religiosas y laicos comparten el carisma desde sus respectivas identidades y con la misma responsabilidad de hacerlo fecundo.
Una tarde de oración, escucha y discernimiento
Durante la tarde, religiosas y laicos continuaron profundizando en los contenidos de la ponencia mediante un espacio compartido de oración, meditación y escucha en el Espíritu.
El trabajo permitió dejar resonar las palabras recibidas durante la mañana y trasladarlas a la experiencia concreta de la Familia Janeriana. Fue un tiempo para preguntarse cómo se vive hoy la comunión entre las distintas vocaciones, qué pasos son necesarios para crecer en corresponsabilidad y de qué manera pueden generarse comunidades donde el carisma sea acogido, discernido y transmitido.
La reflexión invitó también a reconocer los dones presentes en cada persona y a descubrir que nadie puede vivir la misión aisladamente. La vida carismática crece cuando cada voz encuentra espacio, cuando las diferencias son acogidas como riqueza y cuando la escucha permite construir juntos.
La jornada concluyó con el deseo de seguir caminando como una familia en la que laicos y religiosas se reconocen mutuamente, comparten el don recibido y lo ponen al servicio de la Iglesia y del mundo.
El carisma no está llamado a permanecer detenido. Es un regalo que se recibe, se encarna y se transmite. Circula cuando se convierte en comunidad, servicio, testimonio y misión compartida.
Un mismo corazón para la misión
Este cuarto día del Capítulo dejó una invitación clara: pasar de la colaboración a la corresponsabilidad, de las estructuras cerradas a las comunidades vivas y de una comprensión piramidal de la Iglesia a la experiencia de un Pueblo de Dios que camina unido.
Religiosas y laicos continúan aprendiendo a reconocerse como parte de una misma Familia Carismática, donde cada vocación es valorada, cada don encuentra su lugar y todos son convocados a seguir haciendo vida el carisma janeriano.
Una misma dignidad, vocaciones diferentes y un solo corazón para la misión.


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