14 de Julio. La hospitalidad que abre caminos
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En el tercer día del XXVI Capítulo General, religiosas y laicos compartieron una mañana de oración, escucha y reflexión en torno a la hospitalidad.
La ponencia de Francesc Torralba invitó a abrir espacio al otro, regalar tiempo y construir comunidades que acojan y sanen.
Una llamada a dejarnos transformar por el encuentro y a vivir la misión con un corazón verdaderamente hospitalario.
Tercer día del XXVI Capítulo General
La hospitalidad: abrir espacio al otro y dejarse transformar
La mañana del martes 14 de julio estuvo marcada por un profundo clima de oración, escucha y reflexión. Religiosas y laicos compartieron juntos esta jornada, disponiendo el corazón para acoger lo que el Espíritu iba suscitando a través de la palabra, el silencio y el encuentro fraterno.
La reflexión central estuvo a cargo de Francesc Torralba, filósofo y teólogo, quien desarrolló la ponencia “La hospitalidad en el contexto de la sinodalidad y como respuesta al mundo”. Sus palabras iluminaron la experiencia de los participantes e invitaron a comprender la hospitalidad no como un gesto ocasional, sino como una forma concreta de ser, relacionarse y vivir la misión.
En una primera aproximación, Torralba presentó la hospitalidad desde una perspectiva filosófica. Acoger significa ofrecer espacio y tiempo, pero también abrirse a la palabra, la historia y la vulnerabilidad del otro. El huésped no es alguien que simplemente ocupa un lugar: es una persona que llega con su misterio, sus heridas y su capacidad de transformar la vida de quien lo recibe.
La hospitalidad convierte un espacio anónimo en un verdadero hogar. Allí hay calidez, confianza y libertad para mostrarse sin máscaras. Un hogar auténtico no retiene ni genera dependencia, sino que ayuda a cada persona a crecer, desplegar sus dones y emprender su propio camino.
Durante la ponencia también se señalaron algunos obstáculos que dificultan la acogida. El miedo ante lo desconocido, los prejuicios, el resentimiento y un yo excesivamente centrado en sí mismo pueden cerrar las puertas del corazón. A ellos se suman las limitaciones de espacio y, especialmente, la falta de tiempo. Acoger exige detenerse, regalar presencia y escuchar con paciencia la historia del otro, algo particularmente desafiante en una cultura marcada por la prisa y la inmediatez.
Torralba recordó que la hospitalidad es un valor universal, una virtud que nace de la caridad y una necesidad profundamente humana. Nadie podría vivir sin haber sido antes recibido y cuidado. Al mismo tiempo, cada encuentro puede convertirse en una oportunidad para ampliar la mirada, romper prejuicios y descubrir mundos nuevos.
En la segunda parte de la reflexión, la hospitalidad fue contemplada a la luz de la fe. La creación apareció como el primer gran gesto de acogida de Dios, que nos regala una casa común y un tiempo para habitarla. Esta mirada invita a vivir con responsabilidad, cuidando la vida y la armonía de todo lo creado.
También la Palabra de Dios pide ser hospedada. Para acogerla es necesario vaciarse interiormente, abandonar la dureza del corazón y dejar espacio a una voz capaz de liberar, orientar y renovar la esperanza.
En Jesucristo, Dios mismo se hace huésped. Jesús entra en la historia, comparte la fragilidad humana y revela, con sus gestos, palabras y silencios, cómo mirar y tratar a quienes son rechazados o heridos. Su vida se convierte así en brújula para una hospitalidad concreta, especialmente cercana a los más vulnerables.
La reflexión culminó con una mirada pascual: la historia no termina en el dolor ni en la muerte, sino en la acogida definitiva de Dios. Esta certeza sostiene la esperanza cristiana y anima a construir comunidades donde nadie quede fuera.
La hospitalidad, recordó Torralba, no es una tarea individual. Es una misión coral, vivida en comunidad, donde cada persona aporta humildemente sus dones. La Iglesia está llamada a ser un hogar abierto y, como tantas veces expresó el papa Francisco, un hospital de campaña capaz de acercarse, curar y acompañar las heridas del mundo.
La mañana dejó una invitación clara para toda la Familia Janeriana: revisar nuestras puertas, nuestros tiempos y nuestras actitudes; preguntarnos a quién estamos acogiendo y a quién todavía dejamos fuera; y permitir que el encuentro con el otro transforme también nuestro corazón.
Acoger es hacer espacio, regalar tiempo y reconocer que cada persona puede convertirse en una oportunidad de gracia para nuestra vida y nuestra misión.
Por la tarde, continuamos profundizando en esta experiencia mediante un trabajo en grupos de laicos y religiosas. En un clima de silencio, meditación y diálogo, nos detuvimos a rumiar cómo vivir una hospitalidad concreta ante los desafíos del mundo actual.
Fue un tiempo para revisar nuestras puertas, nuestros ritmos y nuestras actitudes; para preguntarnos a quién acogemos, a quién todavía dejamos fuera y cómo construir comunidades capaces de acompañar, sanar y hacer sentir hogar.
Una tarde para dejar que el Espíritu siga ensanchando nuestro corazón para la misión.


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